Nos estamos comiendo el cañón del Río Claro en Antioquia.

Nos cogió la noche en el camino. El Samaná fué el río que se tiñó con los tonos azules grisáceos de la última luz del día. Queríamos verlo antes del anochecer. Aislados en la cabina del bus, el único indicio del clima por fuera del vidrio era la flora. En el trópico, el tamaño de las hojas y el porte de los árboles describen los niveles de humedad y calor.  

Oscuridad. 

Afuera, se interrupe el color negro al pasar por las pocas casas que bordean el camino. Las casas son simples y rectangulares. Los humanos tenemos un gusto por los aportes Euclidianos: puertas rectangulares, ventanas rectangulares y casi siempre una luz blanca, de poca intensidad, ilumina la entrada. Con un desenfoque, la luz central de las fachadas se desvanece hasta dejar el paisaje en secreto. 

Es navidad. Las luces de colores crean un escenario cálido en los pequeños caseríos de la carretera Medellín – Bogotá. Utilizó mi celular para hacer un video. Dibujo líneas de color con las lámparas de los camiones y las escasas bombillas de las entradas de las casas.

Se que estamos cerca de llegar a la entrada de la Reserva Río Claro. Visité muchas veces esté lugar entre el 2015 y el 2018 llevando a visitantes extranjeros a realizar actividades de aventura en este cañón Kárstico. Desde 1970, Juan Guillermo Garces cuida este lugar. Las rocas que rodean al Río Claro tienen más de 300 millones de años y han presenciado 4 extinciones masivas. Juan Guillermo cuida a lugar con sabiduría. 

La certeza de la oscuridad se desvaneció. 

La luz se volvió constante. El cañón de mármol se transformó en silos, edificios, carreteras, muros, bodegas. A todas luces y haciendo alarde del conocimiento humano, el desarrollo invadió el río. 

Nuevamente tomé mi celular para enterarme que esa enorme empresa que iluminó el camino a orillas del Río Claro, es la cementera ​​Alion, creada en conjunto entre Cementos Molins de España y Grupo Corona de Colombia. Río arriba e invisible para los transeúntes está la mina de Argos. 

Al flanco oriental del Río Claro, se lo están comiendo las máquinas.

Visita google maps para conocer que efectos antrópicos afectan está zona. 

La montaña verde, de plantas viejas que solo crecen en este lugar, protege al blanco mármol. El tiempo que no fue un monstruo antropofago para las rocas las hizo deseables para los humanos que le temen a cronos. Construir ciudades humanas con el material que dominó el tiempo parece algo lógico como las formas geométricas que usamos para construir los edificios, calles, canalizaciones, ventanas, puertas, barrotes y muros rectangulares. 

La montaña oculta los tesoros de la tierra y hay cavernas donde los humanos, curiosos animales, encienden la luz para explorar su interior. 

La montaña con agua y tiempo, labró la roca, creó espacios para la contemplación. Gota a gota la dureza se convirtió en formas caóticas,  la geometría de la tierra es otra. 

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Recorrí la cueva de los Guacharos en Río Claro y las Cavernas del Nus en Caracolí. Dentro de la montaña se pierde el miedo a la oscuridad y al tiempo, arriba de la montaña se obtiene perspectiva. Pero nosotros, humanos curiosos, inventamos máquinas que comen tierra.

Las ciudades en Latinoamérica están creciendo a un nivel acelerado. Hemos buscado nuestro lugar por fuera de la naturaleza. Pero nuestro universo artificial es la transformación de lo otro: la roca, la planta, el agua, el animal, el hongo, la bacteria, el virus. Nuestro tiempo en está tierra es corto y nacer en un país como Colombia es un privilegio. Conocerlo, una elección. 

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Cavernas del Nus en Caracolí, Antioquia

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