La Sopetrana y el rio Aurra, el agua que fluye en las vertientes del bosque seco en Antioquia

Indio desnudo – Bursera simaruba

En días pasados, buscándole sentido a ciertas preguntas vocacionales, estaba tratando de recordar si alguna vez de pequeña había dibujado o anunciado que quería ser cuando grande y aunque no llegue a esa respuesta, con los ojos cerrados como en una meditación, busque entre mis recuerdos, el momento en el que fui más feliz y ahí estaba el bosque seco tropical. A los 8  años mi papa compró una finca en Sopetrán. Allá, con Sandra Vargas, una niña de la vereda, recorríamos entre árboles de Mamoncillo (Melicoccus bijugatus), Orejeros (Enterolobium cyclocarpum) y Ceibas (Ceiba sp.) los bordes de una acequia, tan populares desde la época colonial hasta hoy en los alrededores del occidente de Antioquia.

Con mi tío Carlos , hacíamos expediciones que eran todo un reto para mí, siempre fui tiesa y troza y aún me recuerdo tratando de cruzar alambrados para llegar a bañarnos en la Sopetrana, quebrada en la que disfrutábamos ignorando que ca(r)gaban esas aguas un poco más arriba. Observábamos por horas los renacuajos de los afluentes de agua cercanos. Para esa época el bosque era sombra, los renacuajos vida, el agua diversión y yo una niña con sueños de explorar el mundo. 

Los proyectos de mi papá, nunca estuvieron muy en sintonía con el bosque y su argumento de la producción de alimentos, aún hoy, suenan muy convincentes. Siempre le digo que me gustán más los árboles y los animales, que la gente que hay que alimentar. Esto a veces le suena extremista e incluso le molesta un poco, pero triste o felizmente (quien sabe) soy muy empática y tengo una gran curiosidad por la raza en la que me toco nacer. Quería estudiar antropología y me podría quedar días enteros observando a otros humanos, hacer, construir o destruir, rezar, pensar. Encuentro fascinante cuando se aparean o cuando se ayudan y no me gusta mucho cuando se pelean. Pero al final, reconociendo todo lo humano que hay en mí, siento que hay esperanzas, falta un poco de voluntad y empezar a volcar el mundo al revés, romper paradigmas, buscar relacionarnos de otras maneras y un poco de muchas otras cosas, pero al final, falta poco.  
Mi balanza siempre se va a favor de SENTIPENSAR lo correcto, en el caso concreto del bosque seco tropical y gracias también a mi papá, mi relación con este entorno, siendo hija adoptiva de este territorio, me llevo a recorrerlo, a sentir las chicharras cantar y el fresquito de la sombra de los árboles en las tardes de más calor. Mi papa me llevaba a anegar y vi correr el agua, recurso valioso en el bosque seco tropical. Con mi mama me senté debajo del cedro amarillo (Albizia guachapelea ver caer sus pequeñas hojas, esto era poesía para nosotras. Y poesía resulta también a veces, que proyectos de desarrollo no tengan viabilidad, para proteger especies endémicas vulnerables. En medio de la lucha entre desarrollo y conservación, aparece el asomo de la cordura, que a mi parecer, todavía nos queda como “especie invasora racional”. Este es el caso de Cañafisto, la hidroeléctrica que pretendía hacer Isagen con las aguas del rio Cauca por allá en el 2014 y cuyas licencias ambientales fueron suspendidas por el impacto que generaría el proyecto en el ecosistema de bosque seco tropical. 

Después de muchos años volví y la poesía seguía ahí, un poco modificada por el hombre, vi las ceibas y la Sopetrana tenía más árboles ahora. Tempranito en la mañana salí a explorar y en el camino, me encontré a al señor Matías Vargas con su hija, habitantes de una vereda cercana, que habían perdió sus 3 vacas la noche anterior. 

Prometí ayudarlos a buscarlas, y les pedí que me acompañarán en mi caminata y me ayudarán a reconocer algunas plantas; el señor se mostró sorprendido por mi interés y aseguro no saber nada de plantas, dijo que esos conocimientos habían muerto con los más viejos. A medida que avanzábamos, como un experto botánico, señalaba aquí y allá las plantas que conocía, me mostro el barbasco para pescar, señalo un arbolito de noni y un cultivo natural de  Anamú (Petiveria alliacea) , que ya está escaso porque los campesinos los arrancan para evitar el mal sabor que le da la planta a la leche

 La Sopetrana es una maravillosa botica, a la que ya pocos acuden para sanarse. Recogimos varias hierbas muy comunes a las  que el señor llama bledo (Amaranthus dubius – Amaranthus spinosus) , dice que en épocas de escases económica era un alimento fundamental, algunas veces se la integraban a los frijoles. Leyendo descubro que no estaban errados, la hierba tiene proteínas tanto en la semilla como en la hoja. Cerca del rio, se ve un montículo de semillas, algunas ya germinadas, él me explica que hay cada vez más gente interesada en la algarroba (Hymenaea courbaril)  por sus propiedades medicinales; en pocos años la ribera de esté rio estará llena de estos árboles.

Hace unos días regrese a la región, está vez a hacer una expedición por el rio Aurra, acompañada de mi amigo Adrian Vahos, un Sopetranero que vive en la cima de la montaña en el pueblo entre nubes, Horizontes. Hasta allá no llega el bosque seco, pero Adrian conoce el cañón del rio Cauca de tanto recorrerlo y de tanto mirarlo desde las alturas. Atravesé muchas veces la carretera que funciona desde el 2006 entre Medellín y Santa Fe de Antioquia, pero nunca me detuve a observar que había en la parte de abajo. Con el, lo recorrí por primera vez. Caminar y recorrer un espacio, es crear nuevas cartografías mentales, es entender el paisaje desde otras dimensiones, es darse cuenta por unos momentos, como habitan este universo otras especies, como es su entorno, como viven, que se siente ser parte, en este caso, del bosque seco tropical. 

“¿Sabias que hay una versión del POT (Plan de Ordenamiento Territorial) para las aguas y se llama POMCA? En Antioquia se protegen 14 cuencas entre las que está la del rio Aurra” 

Las chicharras estaban ahí, en las riveras del rio. Los campesinos reclaman un poco de tierra para sembrar, tierra sin fronteras, donde ellos, con esfuerzo , le ayudan a los arboles a dar frutos. Zapotes, papayas, maíz, achiote son regados por mangueras con las que los campesinos bajan el agua por gravedad, desde las cascadas que caen al otro lado del rio.
Al caminar por la quebrada, se siente ese extraño olorcito que tienen las cosas intervenidas por el hombre y es que el rio, nace muy arriba en la montaña, en San Pedro de los milagros y de ahí para abajo lo vienen contaminando

Aún así, el rio está vivo, en su cauce se ven peces y aunque se observa  basura, es poca a comparación de otros lugares. El bosque es exuberante en las riveras, aún debo estudiar más sobre la flora de este lugar porque reconozco pocas especies. Se observan colgando de un árbol muchos nidos de oropéndola o gulungo (creemos que es Xanthornus decumanus) ahora construido con el material verde de plástico que abunda en las minas cercanas de Buriticá. Millones de  mariposas amarillas revolotean por todos lados recordándonos que estamos en el país de 100 años de soledad y en nuestro camino encontramos pescadores artesanales y cascadas gigantescas donde refrescar nuestro cuerpo luego de caminar por 3 horas.   El agua tiene ese mágico poder de alivianar la mente y recargar al viajero para que continúe su camino. 

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